Detailed review by riton
Bajando un poco por la Rua do Alecrim, nos encontramos, en el Largo do Barão de Quintela, con la estatua del novelista Eça de Queiroz, realizada por Teixeira Lopes, inaugurada en 1903. La figura principal, de mármol, representa la Verdad, una figura femenina desnuda con el cuerpo semicubierto por una gasa. Detrás, en un plano más elevado, está el busto del novelista. En la base está grabada la frase del novelista en la que se inspiró el escultor: “Sobre la desnuda fuerza de la verdad, el velo transparente de la fantasía.
Son palabras de Fernando Pessoa en su guía “Lisboa, lo que el turista debe ver.
Pero la estatua que esculpió Teixeira Lopes, inspirándose en la obra “La Reliquia de Eça de Queiroz, y que en su día vio Fernando Pessoa, no es la misma que vemos hoy. La escultura actual, inaugurada en 2001 en el mismo lugar, es una réplica en bronce de la original en mármol que se encuentra depositada en el Museo da Cidade para protegerla de las agresiones y mutilaciones que venía sufriendo.
El monumento a Eça de Queiroz es una auténtica obra de arte y representa al famoso escritor inclinado sobre el cuerpo desnudo de una mujer con los brazos abiertos, de líneas perfectas, sensible, delicada, elegante, bella y sensual, a la que sujeta para que la Verdad permanezca.
Mucho menos visitada y acompañada que la estatua de Fernando Pessoa en la Brasileira do Chiado por la bulliciosa y humana fauna de los turistas, el monumento a Eça de Queiroz, situado en una zona más tranquila y apacible, con alguno árboles en su entorno, tiene también sus visitantes, admiradores y compañeros en esa otra fauna volandera compuesta por gorriones, palomas y algún que otro mirlo desorientado, los cuales, además de dedicarle sus trinos, gorjeos y arrullos, le palpan, le picotean y le marcan con sus untuosas deposiciones. El bueno de Eça de Queiroz no se queja, y nosotros tampoco deberíamos reprochar ni censurar a esos pacíficos volátiles su manera de proceder, porque lo hacen de forma espontánea y natural, sin malicia. Además, nadie les enseñó a conducirse de otra manera.
Es como cuando vamos caminando por la acera con nuestro traje recién estrenado, tan flamante y, de pronto, sentimos sobre nuestros hombros el golpecito producido por el regalito un poco viscoso que nos envió el ave que pasó volando sobre nosotros, ave a la que con ira y furia miramos rápidamente acordándonos de toda su parentela. Pero ¿De quién es la culpa? ¿Del benigno volador que en ese momento sintió la perentoria necesidad de aliviarse o nuestra por pasar por allí en aquel momento? Deberíamos ser más respetuosos y comprensivos con esta fauna alada, que bastante tiene con soportarnos diariamente. Sí, a nosotros, que les hemos robado su espacio vital y su hábitat, sin dejarles prácticamente un solo árbol en el que poder posarse un momento para descansar ¿Qué derecho de queja nos asiste?
Deberíamos tomar ejemplo de Eça de Queiroz y aprender sus enseñanzas pues, mientras estas cosas acontecen, él, sosegado y tranquilo sigue escribiendo sus crónicas diarias allá en la eternidad y hablando serena y calladamente con estas aves amigas a las que, sin duda, hará felices con su discurso cotidiano pues, al decir de algunos, Eça de Queiroz hablaba aún mejor que escribía.
El monumento a Eça de Queiroz honra la memoria de este escritor que contribuyó, como pocos, al engrandecimiento de las letras portuguesas.
Opinión publicada en Ciao con el mismo nombre.
Monumento a Eça de Queirós8